Lun24072017

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La discriminación sistemática contra las familias LGTB+ está vigente en Guatemala.


A veces se nos olvida que vivimos en una sociedad muy conservadora; que estamos rodeados de mentes cerradas; que seguimos viviendo en una sociedad intolerante. Y es fácil no darnos cuenta, pues nuestro círculo de amigos nos rodea de sonrisas y aceptación. Y quizá el guatemalteco promedio diga que no le importan “los gays”, pero se les olvida hacer la salvedad que siempre y cuando sea de lejos.

El Colegio Capouilliez recientemente nos acaba de recordar como comunidad que no somos bienvenidos dentro de una sociedad Cristiana, moralista y con “valores”. El pasado mes circuló en redes sociales una publicación que contaba del rechazo de dicha institución a siquiera hacer las pruebas de admisión a la hija de una familia homoparental. Su excusa: ser un colegio con valores tradicionales, apegados a la moral. Ese acto es una categórica muestra de discriminación contra, no solo nosotros como personas, sino de nuestros núcleos familiares, de nosotros, como entidades sociales, como familias. El insulto que esto conlleva es bastante claro: que se puede juzgar a una persona, a una familia, basándose exclusivamente por su orientación sexual. Los valores de cualquier miembro de la comunidad LGTB+ son “insuficientes” para la sociedad, o nuestra moral es de algún modo “defectuosa” o “inadecuada”.

Todos en esta comunidad hemos tenido que aprender a lidiar con la discriminación desde… siempre. En nuestros años escolares, dentro de nuestra familia e incluso ahora en nuestro trabajo, o nos defendemos y resultamos siendo “conflictivos” o nos quedamos callados y nos hacemos de oídos sordos. Quizás para algunos de nosotros las cosas sean ahora más fáciles. Tal vez la familia lo haya aceptado bien, o nuestros compañeros sean de mentalidad abierta. Pero el incidente del Colegio Capouilliez nos ha recordado que seguimos siendo rechazados. Lo que es peor, nos demuestra que el estigma y la discriminación son hereditarias.

El tema central del conflicto anterior se trataba de la educación de una de nuestras hijas. Porque no se trata de esa niña por ser de esa familia. Se trata de que se vuelve a repetir el ciclo discriminatorio. Se trata de que cualquiera de los hijos o hijas de la comunidad LGTB+ todavía pueden ser, y son, discriminados. Bajo ninguna situación es excusable el rechazo de la niña en este caso.; ni deberían otras familias ser sometidas a esa clase de afronta. A pesar de los cambios y las mejoras que se han hecho a favor de la comunidad LGTB+ en muchos lugares, aquí en nuestro país seguimos siendo una minoría que no tiene derechos iguales. Porque dentro de las leyes de Guatemala no existen familias LGTB+; no se nos reconoce como esposos o esposas, mamás o papás. Y lo mas peligroso de todo esto es que a veces se nos olvida.

Se nos olvida que la lucha no ha terminado. Se nos olvidan los sacrificios y las batallas que han librado otros antes de nosotros para tener las “libertades” que ahora gozamos. Se nos olvida que solo porque estamos cómodos, no significa que estamos a salvo. Queda en nosotros exigir el cambio. Porque si las instituciones educativas fomentan el ambiente de no-tolerancia, no estamos nada cerca de un futuro mas inclusivo para las generaciones futuras.