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Los
cinco elementos constitutivos del amor.
por Octavio Paz
Al intentar poner un poco de orden en
mis ideas, encontré que, aunque ciertas
modalidades han desaparecido y otras han
cambiado, algunas han resistido a la
erosión de los siglos y las mutaciones
históricas. Pueden reducirse a cinco y
componen lo que me he atrevido a llamar
los elementos constitutivos de
nuestra imagen del amor. La primera nota
característica del amor es la
exclusividad. en estas páginas me he
referido a ella varias veces y he
procurado demostrar que es la línea que
traza la frontera entre el amor y el
territorio más vasto del erotismo. Este
último es social y aparece en todos los
lugares y en todas las épocas. No hay
sociedad sin ritos y prácticas eróticas,
desde los más inocuos a los más
sangrientos. El erotismo es la dimensión
humana de la sexualidad, aquello que la
imaginación añade a la naturaleza. Un
ejemplo: la copulación frente a frente,
en la que los dos participantes se miran
a los ojos, es una invención humana y
no es
practicada por ninguno de los otros mamíferos.
El amor es individual o, más
exactamente, interpersonal: queremos únicamente
a una persona y le pedimos a
esa persona que nos quiera con el mismo
afecto exclusivo. La exclusividad
requiere la reciprocidad, el acuerdo del
otro, su voluntad. Así pues, el
amor único colinda con otro de los
elementos constitutivos: la libertad.
Nueva prueba de lo que señalé más
arriba: ninguno de los elementos
primordiales tiene vida autónoma; cada
uno está en relación con los otros,
cada uno los determina y es determinado
por ellos.
Dentro de esa movilidad, cada elemento
es invariable. En el caso del amor
único es una condición absoluta: sin
ella no hay amor. Pero no solamente con
ella: es necesario que concurran, en
mayor o menor grado, los otros
elementos. El deseo de exclusividad
puede ser mero afán de posesión. Ésta
fue la pasión analizada con tanta
sutileza por Marcel Proust. El verdadero
amor consiste precisamente en la
transformación del apetito de posesión
en
entrega. Por esto pide reciprocidad y así
trastorna radicalmente la vieja
relación entre dominio y servidumbre.
El amor único es el fundamento de los
otros componentes: todos reposan en él;
asimismo, es el eje y todos giran en
torno suyo. La exigencia de exclusividad
es un gran misterio: ¿por qué
amamos a esta persona y no a otra? Nadie
ha podido esclarecer este enigma,
salvo con otros enigmas, como el mito de
los andróginos de El Banquete. El
amor único es una de las facetas de
otro gran misterio: la persona humana.
Entre el amor único y la promiscuidad
hay una serie de gradaciones y
matices. Sin embargo, la exclusividad es
la exigencia ideal y sin ella no
hay amor. ¿Pero la infidelidad no es el
pan de cada día de las parejas? Sí
lo es y esto prueba que Ibn Hazm,
Guinezelli, Shakespeare y el mismo
Stendhal no se equivocaron: el amor es
una pasión que todos o casi todos
veneran pero que pocos, muy pocos, viven
realmente. Admito, claro, que en
esto como en todo hay grados y matices.
La infidelidad puede ser consentida
o no, frecuente u ocasional. La primera,
la consentida, si es practicada
solamente por una de las partes,
ocasiona a la otra graves sufrimientos y
penosas humillaciones: su amor no tiene
reciprocidad. El infiel es
insensible o cruel y en ambos casos
incapaz de amar realmente. Si la
infidelidad es por mutuo acuerdo y
practicada por las dos partes -costumbre
más y más frecuente- hay una baja de
tensión pasional; la pareja no se
siente con fuerza para cumplir con lo
que la pasión pide y decide
relativizar su relación. ¿Es amor? Más
bien es complicidad erótica. Muchos
dicen que en estos casos la pasión se
transforma en amistad amorosa.
Montaigne habría protestado
inmediatamente: la amistad es un afecto
tan
exclusivo o más que el amor. El permiso
para cometer infidelidades es un
arreglo, o más bien, una resignación.
El amor es riguroso y, como el
libertinaje, aunque en dirección
opuesta, es un ascetismo. Sade vio con
clarividencia que el libertino aspìra a
la insensibilidad y de ahí que vea
al otro como un objeto: el enamorado
busca la fusión y de ahí que
transforme
al objeto en sujeto. En cuanto a la
infidelidad ocasional: también es una
falta, una debilidad. Puede y debe
perdonarse porque somos seres
imperfectos
y todo lo que hacemos está marcado por
el estigma de nuestra imperfección
original. ¿Y si amamos a dos personas
al mismo tiempo? Se trata siempre de
un conflicto pasajero; con frecuencia se
presenta en el momento de tránsito
de un amor a otro. La elección, que es
la prueba del amor, resuelve
invariablemente, a veces con crueldad,
el conflicto. Me parece que todos
estos ejemplos bastan para mostrar que
el amor único, aunque pocas veces se
realice íntegramente, es la condición
del amor.
El segundo elemento es de naturaleza polémica:
el obstáculo y la
transgresión. No en balde se ha
comparado al amor con la guerra: entre
los
amores famosos de la mitología griega,
rica en escándalos eróticos, están
los amores de Venus y Marte. El diálogo
entre el obstáculo y el deseo se
presenta en todos los amores y asume
siempre la forma de un combate. Desde
la dama de los trovadores, encarnación
de la lejanía -geográfica, social o
espiritual- el amor ha sido continua y
simultáneamente interdicción e
infracción, impedimento y contravención.
Todas las parejas, lo mismo las de
los poemas y novelas que las del teatro
y del cine, se enfrentan a esta o
aquella con suerte desigual, a
menudo trágica, la violan. En el pasado
el
obstáculo fue sobre todo de orden
social.
El amor nació en Occidente, en las
cortes feudales, en una sociedad
acentuadamente jerárquica. La potencia
subversiva de la pasión amorosa se
revela en el 'amor cortés', que es una
doble violación del código feudal: la
dama debe ser casada y su enamorado, el
trovador, de un rango inferior: A
finales del siglo XVII español, lo
mismo en España que en las capitales de
los virreinatos de México y Perú,
aparece una curiosa costumbre erótica
que
es la simétrica contrapartida del 'amor
cortés', llamada los 'galanteos de
palacio'. Al establecerse la corte en
Madrid, las familias de la nobleza
enviaban a sus hijas como damas de la
reina. Las jóvenes vivían en el
palacio real y participaban en los
festejos y ceremonias palaciegas. Así,
se
anudaban relaciones eróticas entre
estas damas jóvenes y los cortesanos.
Sólo que estos últimos en general eran
casados, de modo que los amoríos eran
ilegítimos y temporales. Para las damas
jóvenes, los 'galanteos de palacio'
fueron una suerte de escuela de iniciación
amorosa, no muy alejada de la
'cortesía' del amor medieval. [Véase
Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas
de la fe (páginas 133 a 138 de la edición
de Seix Barral)]
Con el paso del tiempo las prohibiciones
derivadas del rango y de las
rivalidades de clanes se han atenuado,
aunque sin desaparecer completamente.
Es impensable, por ejemplo, que la
enemistad entre dos familias, como la de
los Capuleto y los Montesco, impida en
una ciudad moderna los amores de dos
jóvenes. Pero hay ahora otras
prohibiciones no menos rígidas y
crueles;
además, muchas de las antiguas se han
fortalecido. La interdicción fundada
en la raza sigue vigente, no en la
legislación sino en las costumbres y en
la mentalidad popular. El moro Otelo
encontraría que, en materia de
relaciones sexuales entre gente de
diferente raza, las opiniones
mayoritarias en Nueva York, Londres o
París no son menos sino más
intolerables que las de Venecia en el
siglo XVI. Al lado de la barrera de la
sangre, el obstáculo social y el económico.
Aunque hoy la distancia entre
ricos y pobres, burgueses y proletarios
no mantiene la forma rígida y
tajante que dividía al caballero del
siervo o al cortesano del plebeyo, los
obstáculos fundados en la clase social
y en el dinero determinan aún las
relaciones sexuales. Distancia entre la
realidad y la legislación: esas
diferencias no figuran en los códigos
sino en las costumbres. La vida de
todos los días, para no hablar de las
novelas ni de las películas, abunda en
historias de amor cuyo nudo es una
interdicción social por motivos de
clase
o de raza.
Otra prohibición que todavía no ha
desaparecido del todo es la relativa a
las pasiones homosexuales, sean
masculinas o femeninas. Esta clase de
relación fue condenada por las Iglesias
y durante mucho tiempo se la llamó
el 'pecado nefando'. Hoy nuestras
sociedades -hablo de las grandes
ciudadeds- son bastante más tolerantes
que hace algunos años; sin embargo,
el anatema aún persiste en muchos
medios. No hay que olvidar que hace
apenas
un siglo causó la desgracia de Oscar
Wilde. Nuestra literatura generalmente
ha esquivado este tema: era demasiado
peligroso. O lo ha disfrazado: todos
sabemos, por ejemplo, que Albertina,
Gilberta y las otras 'jeunes filles en
fleur' eran en realidad muchachos. Gide
tuvo mucha entereza al publicar
Corydon; la novela de E.M Foster,
Maurice, por voluntad del autor apareció
después de su muerte. Algunos poetas
modernos fueron más atrevidos y entre
ellos destaca un español: Luis Cernuda.
Hay que pensar en los años, el mundo
y la lengua en que publicó Cernuda sus
poemas para apreciar su denuedo.
En el pasado las prohibiciones más
rigurosas y temidas eran las de las
Iglesias. Todavía lo siguen siendo,
aunque en las sociedades modernas,
predominantemente seculares, son menos
escuchadas. Las iglesias han perdido
gran parte de su poder temporal. La
ganancia ha sido relativa: el siglo XX
ha perfeccionado los odios religiosos al
convertirlos en pasiones
ideológicas. Los Estados totalitarios
no sólo substituyeron a las
inquisiciones eclesiásticas sino que
sus tribunales fueron más despiadados y
obtusos. Una de las conquistas de la
modernidad democrática ha sido
substraer del control del Estado a la
vida privada, vista como un dominio
sagrado de las personas; los
totalitarios dieron un paso atrás y se
atrevieron a legislar sobre el amor. Los
nazis prohibieron a los germanos
las relaciones sexuales con gente que no
fuese aria. Además, concibieron
proyectos eugenésicos destinados a
perfeccionar y purificar la 'raza
alemana', como si se tratase de caballos
o de perros. Por fortuna no
tuvieron tiempo para llevarlos a cabo
[yo lo dudo seriamente].
Los comunistas no fueron menos
intolerantes; su obsesión no fue la
pureza
racial sino la ideológica. Todavía
vive en la memoria pública el recuerdo
de
las humillaciones y bajezas que debían
soportar los ciudadanos de esas
naciones para casarse con personas del
'mundo libre'. Una de las grandes
novelas de amor de nuestra época -El
doctor Zhivago, la novela de Boris
Pasternak- relata la historia de dos
amantes separados por los odios de las
facciones ideológicas durante la guerra
civil que sucedió a la toma del oder
por los bolcheviques. La política es la
gran enemiga del amor. Pero los
amantes siempre encuentran un instante
para escapar de las tenazas de la
ideología. Ese instante es diminuto e
inmenso, dura lo que dura un parpadeo
y es largo como un siglo. Los poetas
provenzales y los románticos del siglo
XIX, si hubiesen podido leerlas, habrían
aprobado con una sonrisa las
páginas en que Pasternak describe el
delirio de los amantes, perdidos en una
cabaña de la estepa, mientras los
hombres se degüellan por abstracciones.
El
poeta ruso compara esas caricias y esas
frases entrecortadas con los
diálogos sobre el amor de los antiguos
filósofos. No exageró: para los
amantes el cuerpo piensa y el alma se
toca, es palpable.
El obstáculo y la transgresión están
íntimamente asociados a otro elemento
también doble: el dominio y la submisión.
En su origen, como ya dije, el
arquetipo de la relación amorosa fue la
relación señorial: los vínculos que
unían al vasallo con el señor fueron
el modelo del amor cortés. Sin embargo,
la transposición de las relaciones
reales de dominación a la esfera del
amor
-zona privilegiada de lo imaginario- fue
algo más que una traducción o una
reproducción. El vasallo estaba ligado
al señor por una obligación que
comenzaba con el nacimiento mismo y cuya
manifestación simbólica era el
homenaje de pleitesía. La relación de
soberanía y dependencia era recíproca
y natural; quiero decir, no era el
objeto de un convenio explícito y en el
que interviniese la voluntad, sino la
consecuencia de una doble fatalidad:
la del nacimiento y la de la ley del
suelo donde nacía. En cambio, la
relación amorosa se funda en una ficción:
el código de cortesía. Al copiar
la relación entre el señor y el
vasallo, el enamorado transforma la
fatalidad de la sangre y el suelo en
libre elección: el enamorado escoge
voluntariamente a su señora y, al
escogerla, elige también su
servidumbre.
El código del amor cortés contiene,
además, otra transgresión de la moral
señorial: la dama de alta alcurnia
olvida, voluntariamente, su rango y cede
su soberanía.
El amor ha sido y es la gran subversión
de Occidente. Como en el erotismo,
el agente de la transformación es la
imaginación. Sólo que, en el caso del
amor, el cambio se despliega en relación
contraria: no niega al otro ni lo
reduce a la sombra sino que es negación
de la propia soberanía. Esta
autonegación tiene una contrapartida:
la aceptación del otro. Al revés de lo
que ocurre en el dominio del
libertinaje, las imágenes encarnan: el
otro, la
otra, no es una sombra sino una realidad
carnal y espiritual. Puedo tocarla
pero también hablar con ella. y puedo oírla
-y más: beberme sus palabras.
Otra vez la transubstanciación: el
cuerpo se vuelve voz, sentido; el alma
es
corporal. Todo amor es eucaristía.
El afán constante de todos los
enamorados y el tema de nuestros grandes
poetas y novelistas ha sido siempre el
mismo: la búsqueda del reconocimiento
de la persona querida. Reconocimiento en
el sentido de confesar, como dice
el diccionario, la dependencia,
subordinación o vasallaje en que se está
respecto de otro. La paradoja reside en
que ese reconocimiento es
voluntario: es un acto libre.
Reconocimiento, asimismo, en el sentido
de
confesar que estamos ante un misterio
palpable y carnal: una persona.. El
reconocimiento aspira a la reciprocidad
pero es independiente de ella. Es
una apuesta que nadie está seguro de
ganar porque es una apuesta que depende
de la libertad del otro. El origen de la
relación de vasallaje es la
obligación natural y recíproca del señor
y del feudatario; el del amor es la
búsqueda de la reciprocidad libremente
otorgada. La paradoja del amor único
reside en el misterio de la persona que,
sin saber nunca exactamente la
razón, se siente invenciblemente atraída
por otra persona, con exclusión de
las demás. La paradoja de la
servidumbre reposa sobre otro misterio:
la
transformación del objeto erótico en
persona lo convierte inmediatamente en
sujeto dueño de albedrío. El objeto
que deseo se vuelve sujeto que me desea
o que me rechaza. La cesión de la
soberanía personal y la aceptación
coluntaria de la servidumbre entrañan
un verdadero cambio de naturaleza: por
el puente del mutuo deseo el objeto se
transforma en sujeto deseante y el
sujeto en objeto deseado. Se representa
al amor en forma de un nudo; hay que
añadir que ese nudo está hecho de dos
libertades enlazadas.
Dominación y servidumbre, así como
obstáculo y transgresión, más que
elementos por sí solos, son variantes
de una contradicción más vasta que los
engloba: fatalidad y libertad. El amor
es atracción involuntaria hacia una
persona y voluntaria aceptación de esa
atracción. Se ha discutido mucho
acerca de la naturaleza del impulso que
nos lleva a enamorarnos de esta o
aquella persona. Para Platón la atracción
era un compuesto de dos deseos,
confundidos en uno solo: el deseo de
hermosura y el de inmortalidad.
Deseamos a un cuerpo hermoso y deseamos
engendrar en ese cuerpo hijos
hermosos. Este deseo, como se ha visto,
paulatinamente se transforma hasta
culminar, ya depurado, en la contemplación
de las esencias y las ideas. Pero
ni el amor ni el erotismo, según creo
haberlo mostrado en este libro, están
necesariamente asociados al deseo de
reproducción; al contrario, con
frecuencia consisten en un poner entre
paréntesis el instinto sexual de
procreación. En cuanto a la hermosura:
para Platón era una y eterna, para
nosotros es plural y cambiante. Hay
tantas ideas de la belleza corporal como
pueblos, civilizaciones y épocas. La
belleza de hoy no es la misma que
aquella que encendió la imaginación de
nuestros abuelos; el exotismo, poco
apreciado por los contemporáneos de
Platón, es hoy un incentivo erótico.
...
La hermosura, además de ser una noción
subjetiva, no juega sino un papel
menor en la atracción amorosa, que es más
profunda y que todavía no ha sido
enteramente explicada. Es un misterio en
el que interviene una química
secreta y que va de la temperatura de la
piel al brillo de la mirada, de la
dureza de unos senos al sabor de unos
labios. Sobre gustos no hay nada
escrito, dice el refrán; lo mismo debe
decirse del amor: NO hay reglas. La
atracción es un compuesto de naturaleza
sutil y, en cada caso, distinta.
Está hecha de humores animales y
arquetipos espirituales, de experiencias
infantiles y de los fantasmas que
pueblan nuestros sueños. El amor no es
deseo de hermosura: es ansia de 'completud'
La creencia en los brebajes y
hechizos mágicos ha sido,
tradicionalmente, una manera de explicar
el
carácter, misterioso e involuntario, de
la atracción amorosa. Todos los
pueblos cuentan con leyendas que tienen
como tema esta creencia. En
Occidente, el ejemplo más conocido es
la historia de Tristán e Isolda, un
arquetipo que sería repetido sin
cansancio por el arte y la poesía. Los
poderes de persuación de la Celestina,
en el teatro español, no están
únicamente en su lengua elocuente y en
sus pérfidas zalamerías sino en sus
filtros y brebajes. Aunque la idea de
que el amor es un lazo mágico que
literalmente cautiva la voluntad y el
albedrío de los enamorados es muy
antigua, es una idea todavía viva: el
amor es un hechizo y la atracción que
une a los amantes es un encantamiento.
Lo extraordinario es que esta
creencia coexiste con la opuesta: el
amor nace de una decisión libre, es la
aceptación voluntaria de una fatalidad.
El Renacimiento y la Edad Barroca, sin
renunciar al filtro mágico de Tristán
e Isolda, concibieron una teoría de las
pasiones y las simpatías. El símbolo
predilecto de los poetas de esta época
fue el imán, dueño de un misterioso e
irresistible poder de atracción. En
esta concepción fueron determinantes
dos
legados de la Antiguedad grgecorromana:
la teoría de los cuatro humores y la
astrología. Las afinidades y
repulsiones entre los temperamentos
sanguíneos,
nervioso, flemático y melancólico
ofrecieron una base para explicar la
atracción erótica. Esta teoría venía
de la tradición médica de Galeno y de
la filosofía de Aristóteles, al que se
atribuía un tratado sobre el
temperamento melancólico. La creencia
en la influencia de los astros tiene
su origen en Babilonia, pero la versión
que recoge el Renacimiento es de
estirpe platónica y estoica. Según el
Timeo, en el viaje celeste de las
almas al descender a la tierra para
encarnar en un cuerpo, reciben las
influencias fstas y nefastas de Venus,
Marte, Mercurio, Saturno y otros
planetas. Esas influencias determinan
sus predisposiciones e inclinaciones.
Por su parte, los estoicos concebían al
cosmos como un sistema regido por
las afinidades y simpatías de la energía
universal (pneuma), que se
reproducían en cada alma universal. En
una y otra doctrina el alma
individual era parte del alma universal
y estaba movida por las fuerzas de
amistad y repulsión que animan al
cosmos.
Los románticos y los modernos han
reemplazado el neoplatonismo
renacentista
por explicaciones psicológicas y fisiológicas,
tales como la cristalización,
la sublimación y otras parecidas. Todas
ellas, por más diversas que sean,
conciben al amor como atracción fatal.
Sólo que esa fatalidad, sean sus
víctimas Calixto y Melibea o Hans
Castorp y Claudia, ha sido en todos los
casos libremente asumida. Agrego: y
ardientemente invocada y deseada. La
fatalidad se manifiesta sólo con y a
través de la complicidad de nuestra
libertad. El nudo entre libertad y
destino -el gran misterio de la tragedia
griega y de los autos sacramentales hispánicos-
es el eje en torno al cual
giran todos los enamorados de la
historia. Al enamorarnos, escogemos
nuestra
fatalidad. trátese del amor a Dios o
del amor a Isolda, el amor es un
misterio en el que libertad y
predestinación se enlazan. Pero la
paradoja de
la libertad se despliega también en el
subsuelo psíquico: las vegetaciones
venenosas de las infidelidades, las
traiciones, los abandonos, los olvidos,
los celos. El misterio de la libertad
amorosa y su flora alternativamente
radiante y fúnebre ha sido el tema
central de nuestros poetas y artistas.
También de nuestras vidas, la real y la
imaginaria, la vivida y la soñada.
La quinta nota distintiva de nuestra
idea del amor consiste, como en el caso
de las otras, en la unión indisoluble
de dos contrarios, el cuerpo y el
alma. Nuestra tradición, desde Platón,
ha exaltado al alma y ha
menospreciado el cuerpo. Frente a ella y
desde sus orígenes, el amor ha
ennoblecido el cuerpo: sin atracción física,
carnal, no hay amor. Ahora
asistimos a una reversión radicalmente
opuesta al platonismo: nuestra época
niega al alma y reduce el espíritu
humano a un reflejo de las funciones
corporales. [yo: y luego nos quejamos
porque no tenemos a nuestro príncipe
... o creemos que es cuestión de suerte
... ?¿] Así ha minado en su centro
mismo la noción de persona, doble
herencia del cristianismo y la filosofía
griega. La noción de alma constituye a
la persona y, sin persona, el amor
regresa al mero erotismo. Más adelante
volveré sobre el ocaso de la noción
de persona en nuestras sociedades; por
ahora, me limito a decir que ha sido
el principal responsable de los
desastres políticos del siglo XX y del
envilecimiento general de nuestra
civilización. Hay una conexión íntima
y
casual, necesaria, entre las nociones de
alma, persona, derechos humanos y
amor. Sin la creencia en un alma
inmortal inseparable de un cuerpo
mortal,
no habría podido nacer el amor único
ni su consecuencia: la transformación
del objeto deseado en sujeto deseante.
En suma, el amor exige como condición
previa la noción de persona y ésta la
de un alma encarnada en un cuerpo.
La palabra persona es de origen etrusco
y designaba en Roma a la máscara del
actor teatral. ¿Qué hay detrás de la
máscara, qué es aquello que anima al
personaje? El espíritu humano, el alma
o anima. La persona es un ser
compuesto de un alma y un cuerpo. Aquí
aparece otra y gran paradoja del
amor; tal vez la central, su nudo trágico:
amamos simultáneamente un cuerpo
mortal, sujeto al tiempo y sus
accidentes y un alma inmortal. El amante
ama
por igual al cuerpo y al alma. Incluso
puede decirse que, si no fuera por la
atracción hacia el cuerpo, el enamorado
no podría amar al alma que lo anima.
Para el amante el cuerpo deseado es
alma; por esto le habla con un lenguaje
más allá del lenguaje pero que es
perfectamente comprensible, no con la
razón, sino con el cuerpo, con la piel.
A su vez el alma es palpable: la
podemos tocar y su soplo refresca
nuestros párpados o caienta nuestra
nuca.
Todos los enamorados han sentido esta
transposición de lo corporal a lo
espiritual y viceversa. Todos lo saben
con un saber rebelde a la razón y al
lenguaje. Algunos poetas lo han dicho:
... her pure and eloquent blood
Spoke in her cheeks, and so distinctly
wrought
That one might always say, her body
thought.
[John Donne: Second Anniversary]
Al ver en el cuerpo los atributos del
alma, los enamorados incurren en una
herejía que reprueban por igual los
cristianos y los platónicos. Así, no
es
extraño que haya sido considerado como
un extravío e incluso como una
locura: el loco amor de los poetas
medievales. El amor es loco porque
encierra a los amantes en una
contradicción insoluble. Para la
tradición
platónica, el alma vive prisionera en
el cuerpo; para el cristianismo,
venimos a este mundo sólo una vez y sólo
para salvar nuestra alma. En uno y
otro caso hay oposición entre alma y
cuerpo, aunque el cristianismo la haya
atenuado con el dogma de la resurrección
de la carne, y la doctrina de los
cuerpos gloriosos. Pero el amor es una
transgresión tanto de la tradición
platónica como de la cristiana.
Traslada al cuerpo los atributos del
alma y
éste deja de ser una prisión. El
amante ama al cuerpo como si fuese alma
y
al alma como si fuese cuerpo. El amor
mezcla la tierra con el cielo: es la
gran subversión. Cada que el amante
dice: te amo para siempre, confiere a
una criatura efímera y cambiante dos
atributos divinos: la inmortalidad y la
inmutabilidad. La contradicción es en
verdad trágica: la carne se corrompe,
nuestros días están contados. No
obstante, amamos. Y amamos con el cuerpo
y
con el alma, en cuerpo y alma.
Esta descripción de los cinco elementos
constitutivos de nuestra imagen del
amor, por más somera que haya sido, me
parece que revela su naturaleza
contradictoria, paradójica o
misteriosa. Mencioné a cinco rasgos
distintivos; en realidad, como se ha
visto, pueden reducirse a tres: la
exclusividad, que es amor a una sola
persona; la atracción , que es la
fatalidad libremente asumida; la
persona, que es alma y cuerpo. El amor
está
compuesto de contrarios pero que no
pueden separarse y que viven sin cesar
en lucha y reunión con ellos mismos y
con los otros. Estos contrarios, como
si fuesen los planetas del extraño
sistema solar de las pasiones, giran en
torno a un sol único. este sol también
es doble: la pareja. Continua
transmutación de cada elemento: la
libertad escoge servidumbre, la
fatalidad
se transforma en elección voluntaria,
el alma es cuerpo y el cuerpo es alma.
Amamos a un ser mortal como si fuese
inmortal. Lope lo dijo mejor: a lo que
es temporal llamamos eterno. Sí, somos
mortales, somos hijos del tiempo y
nadie se salva de la muerte. No sólo
sabemos que vamos a morir sino que la
persona que amamos también morirá.
Somos juguetes del tiempo y sus
accidentes: la enfermedad y la vejez,
que desfiguran al cuerpo y extravían
al alma. Pero el amor es una de las
respuestas que el hombre ha inventado
para mirar de frente a la muerte. Por el
amor le robamos al tiempo que nos
mata unas cuantas horas que
transformamos a veces en paraíso y
otras en
infierno. De ambas maneras el tiempo se
distiende y deja de ser una medida.
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